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Una breve historia del colorete

El colorete es el latido del makeup, la forma más rápida de dar vida a la piel. Ese sutil toque de color que nos hace parecer saludables, como el color que aparece en nuestra cara después de correr por la mañana, reírnos con ganas o estar al sol un tiempo determinado. Durante siglos ha sido el toque final, lo que marca la diferencia entre una cara cansada y una llena de vida. Pero no solo eso. En el pasado, también ha sido símbolo de estatus, rebeldía, romance y autoexpresión. A lo largo de la historia, conseguir este toque de color implicó algunos ingredientes poco convencionales —como el carmín, los polvos de plomo o el bermellón a base de mercurio—, que hoy, por suerte, han quedado atrás.

Afortunadamente, las fórmulas modernas han evolucionado mucho (adiós, ingredientes cuestionables). Sin embargo, el objetivo sigue siendo el mismo: conseguir ese rubor perfecto y natural.

Así que, ¿cómo hemos llegado hasta aquí? Acompáñanos en este recorrido por la curiosa, compleja (y a veces escandalosa) historia del colorete (o como decimos hoy en día, blush).

Los orígenes ancestrales del colorete

El blush es más antiguo que el concepto mismo del maquillaje. Hace más de dos mil años ya se extraía directamente de la tierra. Los egipcios, griegos y romanos tenían cada uno su propia versión. Los egipcios mezclaban ocre rojo con aceites para dar color a sus labios y mejillas (un auténtico 2 en 1 mucho antes de que existieran productos multiuso). Los griegos preferían el zumo de moras, mientras que los romanos, conocidos por su amor al dramatismo, utilizaban bermellón, un pigmento rojo brillante que contenía mercurio, muy común entonces pero afortunadamente en desuso hoy.

No se trataba solo de parecer saludable, sino de demostrar estatus. Una piel pálida con mejillas sonrosadas significaba que podías permitirte no salir al sol ni trabajar en el campo. Las personas de clase trabajadora, bronceadas por estar continuamente al aire libre, rara vez usaban colorete.

El colorete no era solo maquillaje. Era poder.

Auge, caída (y resurgimiento) del colorete

En la Edad Media los ideales de belleza cambiaron radicalmente. La piel pálida y sin color era la máxima expresión de belleza: nada de rubor ni de brillo. El colorete pasó a considerarse tabú, asociado a actores, cortesanas y personas consideradas "poco respetables". Sin embargo, las mujeres encontraron formas discretas de seguir usándolo, pellizcando sus mejillas o dando un paseo rápido antes de aparecer en público.

Durante los siglos XVII y XVIII, el colorete regresó con fuerza. En las cortes francesas, hombres y mujeres pintaban sus mejillas con tonos intensos de rosa y rojo. Algunas de estas fórmulas contenían plomo —algo habitual en la época y, por suerte, totalmente descartado hoy en día—. María Antonieta era famosa por sus mejillas rosadas, que conseguía con pigmentos de carmín, extraídos de insectos, demostrando así lo mucho que han evolucionado los ideales de belleza.

Después llegó la Revolución Francesa y la percepción del colorete volvió a cambiar. De repente, ir demasiado bien vestido, demasiado empolvado o con mucho colorete te hacía parecer de la aristocracia, algo desde luego no muy bueno.

La era victoriana: el “no makeup makeup"

En el siglo XIX, la reina Victoria declaró que maquillarse era vulgar, convirtiendo el uso del colorete en algo escandaloso, reservado solo para actrices y artistas. Pero el rubor nunca desapareció del todo. Las mujeres discretamente mordían sus labios, pellizcaban sus mejillas o se echaban zumo de remolacha antes de salir, manteniendo el ritual en secreto.

Hasta que llegó el siglo XX y lo cambió todo.

El siglo XX: el colorete se vuelve universal

A principios del siglo XX empezó la revolución del maquillaje. El colorete dejó de ser solo para actrices y rulebreakers y se hizo accesible para todo el mundo. Aparecieron polveras en grandes almacenes, los tonos se suavizaron y rápidamente el colorete se convirtió en un básico imprescindible.

En los años 20, las flappers adoptaron mejillas intensamente rosadas, aplicando el blush alto en los pómulos e incluso en las rodillas (porque si ibas a enseñar las piernas, había que hacerlo con estilo).

Las décadas de los 50 y 60 trajeron rosas suaves y pasteles. En los 80, el colorete subió hacia las sienes bajo el lema "más es más". En cambio, los 90 se decantaron más por la neutralidad minimalista. Con todos estos cambios, el colorete en polvo se mantuvo como el favorito, por ser la forma más fácil de conseguir un rubor natural (y la más rápida).

El regreso del polvo: The No-Rules Powder

Avanzamos rápidamente hasta hoy, en una era dominada por líquidos y cremas, donde los acabados jugosos y la piel glowy son tendencia. Nuestra familia No-Rules refleja esta realidad, con fórmulas multitasking como The No-Rules Stick y The No-Rules Cream, diseñadas para darte ese glow fresco y natural en menos de un minuto. 

Pero no estamos aquí solo para seguir tendencias; estamos aquí para cambiar las reglas. Conoce The No-Rules Powder, el rubor moderno definitivo que reinventa la fórmula clásica del polvo para adaptarla a los tiempos de hoy. Ultrafino, fácil de modular y completamente versátil, ofrece el rubor perfecto tanto si buscas un toque sutil de color como un look más intenso y esculpido. Un verdadero 3 en 1 para ojos, labios y mejillas: ligero, de larga duración y que se difumina sin esfuerzo. 

Porque después de siglos de reglas sobre quién podía usar blush, cuánto era aceptable y cómo debía lucir, hay algo que está claro: ya no hay reglas. 

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